Los días escolares

A veces, al despertarme, siento todo el peso de la vida, las frustraciones, las traiciones, las esperanzas rotas, las promesas no cumplidas, los miedos a la soledad y abandono, el peso de la función pública y sus infinitas obligaciones, la tristeza de los años que pasan tenaces dejando arrugas en la piel y el cansancio de todas las derrotas ocurridas y una niebla de desengaños desciende sobre mi densa y agobiante.Entonces, desafiando y riéndose de todos los temores, renace en mí, completamente esplendorosa la niña que un día fui y un entusiasmo enorme me corre por las venas en ríos risueños y límpidos. Siento la suave mano de mi madre acariciando mi frente, el abrazo perfumado a violetas de mi abuela, las risas de las compañeras de la escuela, sus brillantes trenzas de seda relucientes y los juegos y las escondidas y los dulces de la infancia. Repican todas las campanas de las iglesias del centro del Quito de mi infancia, resurgen la dorada presencia del Panecillo, el olor de la garrapiñada y los higos enconfitados y entonces mi alma se encabrita, recoge todos los anhelos, teje presurosa los nuevos sueños y esperanzas y florezco en toda la belleza y poder de mis actuales años. El camino se torna en ancho y luminoso y ratifico que la vida es bella, que son buenos todos los retos, que estoy más allá de las mezquindades del corazón estrecho, que soy feliz, integra, palpable, pues la niña que un día fui hoy día ríe y vive en mí. Es tan hermoso el día.

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