Eloy Alfaro y la muerte

eloyMientras suena el disparo del asesino José Cevallos, un simple fogonazo que se quiebra entre la soledad de las mudas paredes, me recibe la inmensa llanura de Montecristi, se eleva ante mí la casa solariega de la niñez, la veleidosa figura de mi caballo favorito juega con el viento y el mar se abre en dorados pliegues de temblorosas y unánimes espadas. Los Andes me reciben gigantescos y escucho la voz de mando para entrar en batalla, el uniforme, el poncho, el cigarro, las canciones de guitarra. Y me abraza Quito de los mil campanarios, Guayaquil generosa de río y canciones de pueblo, Ibarra, Ambato, Gatazo.

Se abren los puertos de verdura infinita de Nicaragua, Panamá, El Salvador y Guatemala, y Lima me canta el último vals, mientras las voces de Vargas Torres, de Martí y de Montalvo me proclaman. Los cantos de victoria de Caracas, las ceremonias de león, de las entrañas de la tierra, los muertos, los amigos, los enemigos, el ferrocarril cruzando por montañas y llanuras infinitas que se doblegan en dorados trigales, el fruto, la pasión y el olvido.

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