Puerto Quito

El río Caoní discurre silencioso y cauto en tanto su alma se enerva de ocultos remolinos internos, que de vez en cuando se dejan ver entre las infinitas aguas milenarias. Altos árboles de tangaré de gigantes troncos resguardan el paso del río, mientras una familia de dorados micos trepa feliz por el tronco buscando el hueco fresco de su madriguera.

El olor de la flor de café y la profusa esencia de las hojas del yanbal inundan el ambiente en tarde de sol delicado que apenas se abre paso entre caminantes nubes. Conversan los tucanes de voz ronca y imagedescomunal pico, mientras los colibríes extraen con destreza el néctar de las delicadas y blanquecinas flores de papaya, las anchas y murmuradoras hojas del árbol de zapote protegen el desfile de hormigas arrasadoras cargando en sus espaldas filudos pedazos de hojas tiernas que conducen a un refugio de destino indescifrable.

El sonido del machete podando las plantas de cacao se distingue entre las conversaciones y risas de los campesinos de manos rudas y rostros protegidos por la infaltable gorra de disímiles leyendas.

El sonido de los dedos delgaditos del bambú, insinúa la llamada del lejano mar, mientras la floración de las orquídeas protege el paso del último tigrillo que camina sigiloso siguiendo las señales del viento, apenas agitando el camino de hojarasca.

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