GATA FRANCIS

Delicada, con suaves patas de felpa, ágil cadencioso y elegante, gata Francis recorre la casa. Sentada en el respaldar del sillón, frente al amplio ventanal, recibe majestuosa los rayos del sol que acarician su friolenta musculatura elástica.

Sus penetrantes ojos amarillos y oro, parecen descubrir el otro lado de las cosas y contempla sin extrañeza otros planos que a nosotros nos están vedados, pues  los clava de vez en vez por la habitación como si observase el paso de hadas o de fantasmas mientras sus caracoles de orejas siguen algún recóndito murmullo, las conversaciones de los que ya no están o la celeste música de las esferas.

Cuando me ve llegar no escatima las expresiones de alegría y de mimo y sus caricias de cola contenta y flexible se deslizan por mis tobillos, mientras sus largos maullidos simulan un idioma en el que me comunica lo que yo no comprendo.

Inefable compañera, se hechiza con la presencia de la luna llena, ante la cual, bañada su pelón pelambrera de blancura de plata parece transformarse en una diminuta deidad que recibe y proyecta la magia inefable de los espectros y los susurros de los hechiceras.

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