EL MONSTRUO Y LA NIÑA ASESINADA

Cada puñalada penetra lacerando y cortando la carne adolescente, desgarra  órganos vitales, cercena la joven sonrisa del rostro, opaca la visión de los negros, y fulgurantes ojos, una y otra vez, el dolor, el martirio, la sangre fluyendo a raudales sobre el pavimento mugroso de la acera. El último grito retumba en la noche recién iniciada y la jovencita agoniza ante los aterrorizados ojos de su hermanito  de ocho años. El agresor huye manchado de sangre, bulleando en  deseo, exasperado por el olor de la sangre,  enardecido por la defensa de la niña a la que acosó sexualmente, a la que quiso poseer en cuerpo y alma con sus instintos malsanos, con su retorcido y malévolo pensamiento. Huye  desesperado por su fallido intento y cada vez su cobarde cerebro lo martiriza ante  la magnitud del crimen que acaba de cometer. Huye envuelto  en el hedor del mal, en la mugre de su saliva chorreante, en el golpeteo de su corazón de monstruo.

En la calzada, la niña asesinada brutalmente, yace como rota muñeca en chorro de sangre, mientras los desamparados  ojos de su hermanito  lo contemplan mientras todo su mundo interior  se derrumba,  una semilla, una semilla desquiciada  comenzó a germinar  en su alma ingenua y clara.

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